#Ensayo: La cultura por todos tan gerenciada. Por Abraham Salloum Bitar

Conviví con el mundo gerencial durante tres –y espero- no repetibles años. De esa estadía guardo algún que otro recuerdo feliz como, interminables, fatigosas y aburridas reuniones. En las cuales, gerentes y corporativos soldados se daban a la costumbre del ronquido nacional. Mientras el hormiguero holgaba a sus anchas, pillaba alguna infidelidad de ocasión o simplemente andaba por ahí, desentendido, los gerentes gastaban su tiempo en cejijuntos juramentos que, pretenciosamente, custodiaban nuestro presente e hilvanaba nuestro futuro.

Los resultados de estos insomnes esfuerzos no tienen desperdicio: empresas enclenques y gerentes de truculentas fortunas. Las mismas que el caló judicial, imitando a los Expedientes Secretos X, tranquiliza como Fortunas Inexplicables.

No es de mi voluntad cargármela con todo el zoo gerencial. Mucho menos cuando tengo por vocación dudar de las generalizaciones. Tan trivialmente dispuestas, en este u otro territorio, a torturantes y demenciales falsificaciones de la punzante y diversa realidad.

Conocí en ese tiempo a algunos gerentes de condición respetable. Como también escuché hasta la fatiga -¿recuerdan lo de las soporíferas reuniones?- palabras y conceptos que hervían en la olla de la precaria novedad, seductora de gustos frágiles, quebradizos, Light. Bendecida por la primacía del marketing. La palabra cultura era la marca más herrada en la lengua del redil.

La oí repetir y manosear, como manosean los católicos las cuentas del rosario repitiendo el nombre del inefable. “Es un problema cultural” decían los corporativos, arrugando la palabra hasta convertirla en pasta dilemática, proverbial. Llegué a imaginar que por esa vía, sancionada por un ir y venir recurrente, la palabra cultura era depositaria de características oraculares, sagradas: su sola pronunciación construía nuestro Delfos gerencial.

Si no eran tan originales quebrando hipódromos, líneas aéreas, acerías, hoteles, bancos –en América Latina sus pares forman falanges-, nuestro procerato gerencial se rendía a la repetición de la baba globalizada. Afuera se decía “cultura” y los industriosos muchachones nacionales pues, para qué pensar, repetían cultura. Pero solo hasta ahí, mientras obrase el mínimo esfuerzo. Porque si afuera cultura significaba –significa- Michael Porter, Samuel Huntington, por citar dos destacables pensadores de la aldea, aquí el seso gerencial daba con Og Mandino y algún que otro astrólogo de la facilidad profética.

Como aquél que en una reunión del Grupo Roraima –exclusivo club de las fichas más apetecidas del empresario nacional- predijo la muerte del presidente de la “información veraz”. Que sigue allí tan calladamente vivo, mientras los gerentes andan en busca de otro pitoniso.

PD. Siete años cumplió Predios. Lo celebramos en Upata, su lugar de origen, durante toda la semana pasada. Pedro Suárez, Carlos Villaverde, Adán Astudillo son los autores de este territorio de la literatura, donde la calidad es su privilegio sostén. Más de treinta títulos, varias reimpresiones y catorce números de revista, representan su excelente presencia. Una presencia, dicho sin orgullo, acaso única en un país culturalmente acobardado por el subsidio oficial. Del cual Predios, gracias a dios, nunca ha requerido. Ni necesitado.

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