#Ensayo: «Familia revolucionaria» de Abraham Salloum Bitar

“Extraña lección: no hay regreso pero tampoco hay punto de llegada. Somos tránsito”. Octavio Paz

Mis años en México me premiaron con amistades inolvidables, un generoso conocimiento de sus excelencias artísticas y vivencias políticas que, al paso del tiempo, acrecentaron mi escéptica educación ciudadana. Estas felices provisiones me hacen un entrañable deudor de la múltiple nación, que es México. Deuda que, como es dable y obvio suponer, reside en un acendrado, placentero afecto. No exento, cuando la lealtad lo acompaña, de inconformidades y filosas dudas, izadas en provecho de esta relación, que considero perdurable. Y que perdura, precisamente, porque, como lo dije, junto a Octavio Paz, José Gorostiza, Jaime Sabine o el poeta-rey Netzahualcóyolt, obtuve cierta templanza que me ha educado con instructivas cualidades renacentistas, como lo son la duda, el escepticismo ciudadano. Referidas a la conducción política que las sociedades aún necesitamos, y que el individuo, aún equivocándose, posee como obra abierta a las interrogantes, hijas de su propia y libre responsabilidad.

De las enseñanzas políticas mexicanas que calza ese tenor, me basta citar la fórmula deslumbradora convertida en obsesión de los “herederos” de la Revolución de 1910. Una obsesión atravesada por los aromas del vetusto muro del nacionalismo mexicano –de nopal, según el espinoso humor de los que comparten nacionalidad con Cantinflas-, que gestó esa autoritaria figura del partido único: El Partido Revolucionario Institucional (PRI). En el cual coincide la tribu patriótica, única como el partido que la cobija, bautizada por sí misma con el nombre de Familia Revolucionaria. Sagrada familia.

Dificulto que en los anales políticos latinoamericanos, haya existido algún grado de invención  parecido.  La Familia Revolucionaria reclama, para sí. Denominación de Origen. Como el taco, el tequila o el mariachi, es un producto hecho en México.

Haber convertido a la política en un asunto del exclusivo entorno familiar, es obra de un ingenio por lo menos precavido. Supone la caracterización del hecho político como un acto cuyas dificultades se ventilan en la identidad. ¿No fue acaso el tapado su derivación mayor? Sostiene, además, la hasta ahora instituida creencia cívica de que la familia es, a despecho de sus psicológicos detractores, la célula fundacional de las sociedades humanas. Y como es plausible comprender, la familia se renueva a través de sus descendientes. Que en el caso de la Familia Revolucionaria mexicana sucede, desde 1930, cada seis años.

Trasladar todas estas creencias al ámbito político no es poca cosa. La Familia Revolucionaria lo hizo, extendiendo su poderosa y hereditaria influencia prácticamente en todo el siglo XX. Hasta convertirlo en una costumbre, en casi un modo de ser de la vida civil mexicana. En un eje magnético desde el cual, inclusive, se derivaba la vida política de organizaciones opositoras. Cuya salud estaba garantizada por los cuidados patriarcales de la Familia Revolucionaria. Mas, si estas son, en gran medida, sus aparentes y emblemáticas bondades, sus vilezas arropan sus propósitos y fines.

Esta singular familia detenta actuaciones que la emparentan, sin mucho esfuerzo, con otra cofradía: la Cosa Nostra, o mafia, tan cara para guionistas y directores cinematográficos. Que quede bien dicho. El parentesco sólo es de actuación y nunca de concepción. Y eso es como lo que los franceses llaman “un aire de familia”. Un cierto parecido, una cierta expresión, un rasgo que los fisonomistas se afanan en encontrar entre una y otra persona.

¿No fueron los asesinatos de Luis Donaldo Colosio, candidato presidencial del PRI, es decir, seguro Presidente de México, y de Francisco Ruiz Massieu, secretario general de la formación política; contundentes manifestaciones de aquella semejanza? Es cierto que la oscuridad aún protege a los culpables, pero la sospecha se mueve hacia los predios de la Familia Revolucionaria. La cual, como en los primeros años de la Revolución de 1910, se ha encargado de eliminar a no pocos de sus integrantes. ¿A qué se debe este fervor? Que, además, raya en una especie de delirio, de febril uso de limpiadores autodisolventes.

La respuesta no concilia con ideas simples, fáciles. Existe aquella que reza que la Revolución, una y otra vez, destruye a sus progenitores. En el caso mexicano tiene carta de residencia. Como también el principio degenerativo de la lucha por el poder, el cual en sociedades cuasi secretas, como la Familia Revolucionaria multicitada, llega a adquirir los giros y gustos por la violencia. O, de acuerdo a su misma inspección soberana, absoluta del mundo, la emprende contra aquellos que, aun siendo de sus predios, se mueven hacia la independencia y la duda democratizadora. Como igualmente existe otra presunción nada despreciable; la extrema vinculación entre narcotraficantes y políticos pertenecientes a la tradicional Familia. Un compadrazgo  que reina en los territorios de la certidumbre.

El suicidio de Mario Ruiz Massieu ha provocado el nacimiento de este artículo. El ex -subprocurador mexicano, detenido en Estados Unidos de Norteamérica, y en su momento acusado de encubrir investigaciones sobre la muerte de ¡su propio hermano!, dejó la siempre esperada nota del suicida. En ella acusa al Presidente de México y a otros funcionarios de ser los autores de los asesinatos de Colosio y de su hermano, Francisco.

Entre respuesta oficiales virulentas y dudas sobre el suicidio, la Familia Revolucionaria sobrepasa su propia capacidad de ficción. Videntes contratadas por un procurador huido, osamentas convertidas por médicos forenses en las de un diputado tragado, de otra manera, por la tierra, héroes que no lo eran, como el modernizador Salinas, financista de grupos de raigambre maoísta como lo fue el preso de todos los vicios, Raúl Salinas, conforman, con mucho, la laica historia de una familia demencialmente revolucionaria.

Como México no hay dos, refiere la terrenal singularidad mexicana. Acaso la Familia Revolucionaria ya no pueda mostrarse, luego de tantas arrugas, con igual garantía.

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