#Ensayo: «Fundadores, fundaciones» de Abraham Salloum Bitar

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Fundar es, acaso, uno de los más hermosos y felices verbos del habla castellana. De una colección que obsede la cifra de quince mil, cada uno de los cuales puede aspirar al mismo gentil territorio de su mentado y feliz amigo. Incluso aunque, en gran número no alcancen a morar en lengua cotidiana, tan precaria cortesana. Pero sea por gusto personal o el deslumbramiento que contiene, fundar es un símbolo  de los asuntos propiamente humanos.  Su carácter y templanza. Ya sea convocado por florecientes individualidades, que han fundado nuestras mejores casas, donde nos solazamos en libre holgura.  O conjugado por miles, dados a generosas solidaridades que nos reconcilian con el hábito de ser condiscípulos de una misma y solitaria sociedad humana. Sabiendo, desde tiempos confines, que ni el hábito hace al monje, ni el monje lo lleva por confesas virtudes.

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Más el verbo no es obra milagrosa. Como no obra milagrosamente. Su presencia idiomática obedece a otras verdades donde, aún pareciendo en algún momento transitadas por voluntades sobrehumanas, sus huellas pertenecen al hombre y a sus hijos. Que no guardan, el uno y los otros, ninguna semejanza –matemática, física, química, biológica, filosófica o literaria- con algún esplendente y angelical ser de galaxias próximas o lejanas. Quedando establecida la duda que lo contrario es probable. Y que lo probable es, por igual, animosamente humano. Demasiado humano.

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Si el verbo no es patente milagrosa, ni fruto de un milagro, fundar soporta, siendo tan claramente humano, las astucias que le son tan caras a la especie. Así como con él reconocemos a Lao Tse, Homero, Hipócrates, Platón, Euclides, Paracelso, Descartes, Newton, Einstein como fundadores, existen otros que se apropian de la nobleza del verbo, enmascarándose. La cifra de estos últimos no es despreciable. Crecen, más bien, en progresión silvestre, como la maleza. A la que hay que sesgar, como se sabe, evitando su naturaleza feraz y dañina.

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Algún desprevenido pudiese pensar que Venezuela es una geografía de fundadores. De gente dada a las asperezas y complejidades que, en no pocos casos, mortifican las idas y regresos de las individualidades civilizatorias. De gente, en fin, que sigue y emula, felizmente, a talentos de fama y estirpe. No es para menos. El mapa nuestro está lleno de incansables fundadores, que documentan su vocación con variopintas fundaciones. Guardadas bajo las llaves de la fórmula sacra, ergo infalible: Sin fines de lucro. Angelicales, nuestros galanes del talento nacional.

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Esta primera y desprevenida impresión se disipa prontamente. Y lo que era supuesta gala nacional, aparece merodeando con las argucias de las argucias del timo. De la estafa. Es de perogrullo que no todos los fundadores y sus fundaciones son obra de la vileza, tan acendradamente cultivada por estos lares. Las hay aquellas que se ejercitan con decoro y resultados aplaudibles. Las otras, cuyo santo y seña son el dolo y la dejadez, se multiplican en números apabullantes, ingratos. Nombrar a estas placenteras hormas del engaño nacional no es lugar de estas líneas, pero ¿qué me dicen de la Fundación Orquesta Sinfónica del Estado Bolívar, cuya existencia suena a mengua de los que sí hacen sonar sus instrumentos? ¿O la Fundación Guayana 2010, depósito de cursilerías y mediocridades? ¿O del Instituto de Cultura del Orinoco, donde la bribonería provocó la muerte de peces e ideas?

Fundar es un verbo emblemático de la condición humana. Convertido por la bellaquería en perverso cultivo de la ignorancia.

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