#Ensayo: «Manifiesta Amistad» de Abraham Salloum Bitar

1

Me siento a escribir mi “fe” dominical. Las dos o tres cuartillas que la bondad de Pamela premia imprimiéndolas en la tercera página del tercer cuerpo del diario. A veces sucede que el desgano o el aburrimiento obran juiciosamente en contra. Y el tema se da por entero a la ausencia o la llamada de los duendes de la indisciplina nacional. Cuando ocurre, la agradecida Patria los saluda como una de sus proverbiales simplezas. Con un ruido sobornado por felicidades instantáneas, tan iguales a la prisa del soluble café o a las “llamaradas de petate”, según el decir mexicano para referirse a lo nimio. A la fatuidad.

2

No es que nada merezca la atención. Pudiera asirme del monotema nacional, tan corriente como su graciosa paternidad monoproductora. E irme por esa vereda, simplificada –una vez más nuestra filosófica fisiología- como en los westerns donde blancos e hijos de Mayflower afinaban su puntería con la perversa indiada. No me niego a mortificarme con el pudor de las vírgenes, al igual que con los oficiosos esquilmadores que se presentan angelicales, como si nada. Esta película de buenos y malos que pretende oscurecer cualquier dislate. O locuaz diferencia.

3

La amistad viene en mi auxilio. Y lo que era obligación se transforma en humilde, callada, generosa virtud: Ramón Antonio Morales Rossi, así de largo su nombre, ha sido premiado en el concurso de escultura convocado por el Fondo de Desarrollo de Nueva Esparta, reconfortando las palabras y el artículo dominical –una holgada felicidad- aparece, ahora sí como otro premio preservado por una fundada esperanza. Como otros Ramón trabaja y crea sin condicionamientos, que el martillo de turno, de acuerdo a sus intemperancias, difiere o reconforta.

4

Ocurre que lo cercano pasa desapercibido para el ojo entrenado. Para un ojo alterado por las conveniencias y el tono analfabeta de los poderosos. Quiero convencerme que la OBRA de Ramón Morales no sólo aparece por las circunstancias de un premio. Su desenvolvimiento, su carácter y la elevada paciencia de sus propuestas son, entre otras singularidades, lo mejor de este tiempo. Promesa, como siempre, de paraísos perdidos y artificiales. Muy distantes de la obra escultórica de Ramón, creada por un ojo atento a no extraviarse en las ignorantes pasividades del presente. Dejándonos, por el contrario, una agradable y feliz generosidad.
En este tiempo de estupideces globalizadas, fundamentalismos de no menor calibre y disfraces nacionalistas, la obra de Ramón Antonio Morales Rossi adquiere la antigua sabiduría de los errantes: la universalidad.

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