#Ensayo: «El doctor Borges» de Abraham Salloum Bitar

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Una anécdota de nuestra civil e intelectual ignorancia: la Universidad de Los Andes, es decir la complaciente niña de los ocelos emeritenses, es decir, la honorabilísima señora de la ciudad de los caballeros, es decir, el Alma Mater de los esforzados bachilleres de la República, es decir, la serenísima representación del cacofónico Ministerio de la Inteligencia, es decir, sus doctísimas autoridades, y de otros tantos decires adjetivos que cansarían el idioma, luego de consultar exhaustivamente la gramática de Nebrija y Bello, luego de irritar el sueño con musculosos torneos de sapiencia, luego de pesar las virtudes del nominado, por un gramo aquí, quítale un gramo allá, arribó a la gala de sus merecimientos. Y justicieramente, al republicano grito de ¡no pasará!, el nominado fue declarado “no elegible” para colgarse en el templario galardón, lustre que le faltaba, como cuando se le quita la medalla al atleta por haberla obtenido alegrándose con alguna que otra sustancia prohibida. ¿Adivinan a quién la Universidad de Los Andes le negó el Doctorado Honoris Causa, el galardón olímpicamente en justa? ¿Adivinan? Fácil: ¡A Jorge Luis Borges!

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¿Cómo habría respondido uno de esos célebres personajes de la picaresca intelectual criolla, tan inclinados a costearse tan opíparos homenajes?  ¿O los loadores de oficio, celebérrimos invitadores de “a Don Fulano sus amigotes le ofrecen un merecido reconocimiento a su obra?. Graves los primeros, gravísimos los segundones –por aquello de ser más papista que el Santo Padre-, declararían algo así, despectivamente, “este país reconoce a sus valores sólo después de muertos”. O cualquier otra perorata sobre la mezquindad de la Capitanía General.

Jorge Luis Borges, y ya la comparación lo ofende, ante el loable fruto universitario, deslizó una de sus felices y parcas ironías: “debe ser una universidad muy importante”.

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Los primeros cien años del nacimiento de Borges, una celebración de la cual él quizás hubiera abominado, me han regresado a nuestro mundillo intelectual y universitario. Elocuentemente reflejado en la negativa de la Máxima Casa de Estudios andina -¿cómo será la mínima?- a “vestir” a Borges con un doctorado honorífico.

Tomé durante algún tiempo, ese no a Borges como un absurdo. Como una ramplona circunstancia que había reunido a ciertos comisarios del politburó universitario, tan proclives al lloriqueo subsidiado. Como una triste pedantería nacional, obra de algún reconcomio bolivariano para desquitarse de San Martín, Mitre o de toda la intemperancia argentina. Pero no.

La decisión no fue, lo que se dice, absurda. Ni una ocasión que reunió, golosamente, al navajero de la esquina, el idiota de la aldea y el siervo ignorantón de los astros. Así como nunca obedeció a ese santo y seña de la genética nacional, que nos reserva con cada embarazo un futuro hijo de Bolívar. Un patriota más convicto que confeso. Ni pretendió enviarle un mensaje de mala voluntad a los crecidos ches.

La Universidad de Los Andes, negándole el doctorado de marras a Borges, fue consecuente. Con su tristeza intelectual, que es la misma que cada año implora en las oficinas culturales su dozavo. Para deleitarnos con su obra. Un milagro esperable como la licuación de la sangre de San Genaro. (La misma universidad casi expulsó de sus aulas a Roger Bartra, uno de los intelectuales mexicanos más brillantes del habla.)

“Debe ser una Universidad muy importante”, fue la frase del genio. Para una universidad que pretendió desvestir y quedó desnuda. Implacable. Intelectualmente desnuda.

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