#Ensayo: «El Hombre Mono en la selva digital» de Abraham Salloum Bitar

John Clyton, lord de Greystock, el Hombre Mono, Tarzán, también llamado el Rey de la Selva, no había muerto como fabuló la triste crónica sobre el último y ensifemático grito de Johnny Weismuller en Acapulco. Quien moría era el actor, coleccionista de oro en las albercas de olímpicas y de films que fatigaban las vespertinas de las aburridas provincias del imperio.

Moría Weismuller, agobiado por la flacidez de la carne y, el certero olvido, y aún más agobiado por las sombras del personaje que había llegado a ser: nunca tuvo otra identidad sino la de Tarzán.

El buen salvaje, cruel como todos los personajes que ajan a quien los interpreta, despedía con sorna al iluso, rota la liana con la que lo aventuró por los sets africanizados de Hollywood. Mientras Tarzán, el Hombre Mono, John Clayton, lord de Greystock, que había conservado su memoria, si le creemos a Jung el arquetipo de la puntualidad inglesa –la puntualidad reconoce el justo tiempo, por lo tanto la paciencia- aguardaba mejores épocas para ser, en otro poseído el personaje central de las virtudes civilizatorias.

Hubo intentos cinematográficos, y de series televisivas, por resucitar al personaje. Mediocres registros lo llevaron, de nuevo al retiro. Desconcentrado y aguijoneado por la cartesiana duda, pensaba ahora que era para siempre. Su mundo languidecía y otro mundo incierto comenzaba a rodarse en la filmografía planetaria.

Desanimado, acudiendo a los consultorios psicoanalíticos para sanear los traumas de la nostalgia y el retiro; de vez en cuando consumiendo prozac u otro fármaco redentor; ofreciendo sus expertos servicios en safaris –sinónimo racista de África- que ahora organizaban pulcras agencia de turismo, el Rey de la Selva desesperaba en su búsqueda, como la serpiente que se muerde la cola, de la fuente del eterno retorno.

El eterno retorno, según antiquísimas creencias nos condena a repetirnos hasta la fatiga. Acaso debido a esa inclemencia el mítico Rey de la Selva retorna a ocupar su trono, setenta y nueve años luego de su noble y británico nacimiento.

Mas no encarnado por un apolíneo actor, que a lo Weismuller rescate a Jane de garras animalescas o de libidinosas fieras humanas; se entienda con Chita en arqueológicos chillidos; convoque a los elefantes y otros amansados feligreses con gritos de escala tenorina, “defienda” los tesoros de la jungla de voraces buscones de fortuna y evangelice a los temerosos nativos, incapaces, siempre dormitando picados por moscas tse tsé.

Tarzán vuelve, y vuelve convertido en dibujo animado. Domesticado por los astutos amos del circo global, su lozana resurrección es obra de la cibernética.

Con la excepción generosa de Mandela, África se desplaza en guerras tribales, luego de haber sido despedazada por las guerras coloniales. Su jungla es un desierto de grandes extensiones, defendida ahora por grupos ecológicos beatificados como Organizaciones No Gubernamentales. Lo que queda de su fauna, es un archivo de National Geographic. Y los blancos, que antes organizaban civilizatorios safaris de “tiro al negro”, ahora envían misiones antropológicas de buena voluntad para lavar sus remordimientos.

En ese mundo, el Rey de la Selva sólo tiene vida en la telaraña digital. Atrapado en la novedad del “éter”, regresa para ser, ahora, sí, la ficción de su propio personaje.

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