#Ensayo: «Queda jazz» de Abraham Salloum Bitar

El siglo XX se va. En su precaria mesa de sus precarios comensales se apretujan cienciólogos; letrados de cómo entender a El Quijote en lecciones para idiotas; Astrólogos que machacan, perversamente, su ignorancia; inútiles gobernantes y étnicamente torturadores. Un corro de mugientes instalados en el Reino alternativo de la mediocridad feliz. Que no son todos, pero son idénticos a los que no están.

No digo que por ser tantas y tan comunes, sean las únicas mesas que van quedando- Si así fuese, habría que cerrar las puertas, tirar las llaves y esperar que el próximo siglo sea olímpicamente menos aburrido. Hay otras mesas, buenas y de buena concurrencia. Donde como en la vía sufí, el vino se sirve y se bebe para alcanzar una espléndida embriaguez. Una de ellas pertenece a la música. Al jazz.

Dicho de otra manera, el jazz en singular y sus plurales modalidades son una de las cosas que mueven al agradecimiento. Con una antigua historia de campos de algodón y la abominación del sur esclavista, el jazz se ha instalado, festivamente, como un alma trascendida. Como un espíritu planetario.

El jazz se cultiva y crece sabiamente en finisterre. En el fin de la tierra. Si es que hay un territorio final y si hubo, como predecesor, principio. Cierto. Esta música de mandingas y potencias africanas perversamente esclavizadas, define los contornos y el nocturno arrebato de los escenarios mundiales. Atrayendo auditorios de generosidad babélica, donde al revés de la torre de algarabía, todos se entienden e improvisan.

Ninguna otra música se moviliza como el jazz ante la improvisación. El giro sorpresivo y sorprendente, que acaso le viene desde aquellas noches heridas por el salvaje castigo blanco y la oculta necesidad de la revuelta. O de aquellos años cuando se descargaba –JAM SESSION– en las brumosas atmósferas de buhardillas y clubes dispuestos a la bronca liberadora.

El jazzista ejerce sus plenos poderes sobre el instrumento, y materializa, en fracciones de segundos, los compases, las armonías que nadie esperaba. Incluso él mismo gesticula su satisfacción ante el Don Otorgado. Qué duda cabe, Otorgado.

Debe entenderse que la improvisación en el jazz es consecuencia y no causa.

Viene después y jamás antes. Porque el jazz es exigente materia que muta constantemente. Embebido por un destino civilizatorio, gratificado a cada instante por una herencia inagotable.

Desaforada, divina, locuaz. Y que permite, por eso mismo, la digresión como “disciplina” afectiva. Un impulso quizá arrebatado definitivamente al origen. A su origen.

Lo que tiene el jazz de exigencia y alborozada improvisación, también lo hace insustituible como Festival. No digo que no haya festivales de otras oíbles y aplaudibles manifestaciones musicales. Los hay, antiguas y de gozosa salud. Más, pareciera que el Festival de Jazz congrega unas emanaciones, unos sudores, una profundidad que sólo él puede congregar. Congrega, sobretodo, el humor único y feliz de la irreverencia. De lo que se vive a pleno movimiento, en un estado de contemplativa agitación. Acaso porque la espera ha sido impaciente y el disfrute comienza a esperar la próxima vez.

He ido a festivales de jazz y a conciertos de jazz que tienen el sabor de festival. De los primeros, uno ocurre en Angostura. Cada año, insustituible y esperable como la crecida del Orinoco, se anuncia el Festival de Jazz en el Orinoco.

En 1999, que unos anuncian como el fin del siglo y del milenio y otros el último año de la década de los noventa, el mencionado festival cumple diez años. Una sorprendente cifra, en un país que cultiva la discontinuidad. Lo cual convierte al jazz en el Orinoco en una obstinada navegación contracorriente. Y lo que aún es más importante, en un rito citadino de simbología e identificación.

Queda entonces esperar el disfrute. Disfrutar la buena música que nos reserva el Festival de marras. Al son del jazz, por lo menos la ciudad deja eventualmente su modorra y su enjundia por dejar pasar, dejar de hacer. Queda para que quede y se extienda, el jazz.  Queda jazz. Hacia una década de jazz en el Orinoco…

Domingo, 01 de agosto de 1999

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